Elementos filtrados por fecha: Abril 2020

Por Dominique Hervé y Judith Schönsteiner, académicas de la Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales.

Publicado originalmente en La Tercera el 23 de Abril.

Un estudio reciente de la Universidad de Harvard concluyó que “un pequeño aumento en la exposición a largo plazo al material particulado fino PM2.5 conduce a un gran aumento en la tasa de mortalidad de Covid-19, con una magnitud de aumento 20 veces mayor que la observada para PM2.5 y mortalidad por otras causas”. Si bien no es de extrañar que la exposición de las personas a contaminación atmosférica genere una situación de mayor riesgo de mortalidad por enfermedades cardiovasculares y respiratorias, sí resulta llamativo que, al parecer, el riesgo es todavía mucho mayor cuando hablamos del Covid-19.

Es de público conocimiento que numerosas ciudades de la zona centro y sur de nuestro país están saturadas por contaminación atmosférica, en particular PM2.5, una situación que también afecta a localidades específicas en la zona norte, ante la presencia de ciertas industrias. La reducción o detención de actividades productivas –algo que puede resultar dañino en lo económico y laboral– hace previsible una menor exposición a este material particulado durante este invierno, pero esa baja podría contrarrestarse: las emisiones por calefacción particular de leña o combustibles fósiles de otra índole deberían más bien aumentar, por el mayor tiempo que las personas deben permanecer en sus casas.

En este escenario, se torna indispensable contar con información detallada, válida y confiable sobre los índices de contaminación (una carencia que ha destacado el Informe Anual sobre Derechos Humanos de la UDP), a fin de diseñar e implementar medidas de mediano y largo plazo para disminuir la contaminación. Ello es más urgente ante el riesgo adicional de que quienes se enferman por el Covid-19 tengan consecuencias más graves si están expuestos a contaminación atmosférica. Y es necesario incluso pese a las diferencias de opinión en la comunidad científica en torno a la relación entre la contaminación atmosférica y la propagación del coronavirus por el aire: el llamado principio de precaución sostiene que, ante la incertidumbre científica, aumenta –en vez de disminuir– la exigencia de protección e información.

Los resultados del estudio de la Universidad de Harvard subrayan la importancia de adoptar medidas inmediatas para mejorar la información que se entrega a la ciudadanía en materia de contaminación, así como para prevenir el empeoramiento de la calidad de aire. La crisis sanitaria del Covid-19 solo aumenta la urgencia de ello, y las medidas beneficiarán a todos los pacientes de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Y una vez superada la pandemia, estas medidas deberán hacerse permanentes, justamente porque responden a una necesidad continua que sólo se hace más visible por el virus.

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Columna publicada originalmente en The Clinic el 9 de Abril

Para algunas personas podrá parecer odiosa la labor que realiza el Contralor cuando pide explicaciones a través de un oficio a la Fuerza Aérea por el traslado de un médico desde Temuco, ocurrido domingo 5 de abril. El viaje, realizado en un avión acondicionado para situaciones críticas, tuvo un costo para el Fisco de 100 millones de pesos. Ante los cuestionamientos, el gobierno fue enfático en descartar que el traslado se haya realizado ante la falta de ventiladores mecánicos, y se dijo que la decisión fue tomada por el equipo médico tratante. Como ya es de conocimiento público, la decisión no fue tomada por la FACH, sino por las autoridades nacionales de salud, suponemos que en consulta con los organismos sanitarios de la región.

Pero los cuestionamientos a la situación no son gratuitos: el largo territorio nacional exhibe desigualdades en la disponibilidad de implementos, equipos médicos y personal sanitario en los servicios de salud, y el gobierno debe asegurar que haya el más amplio acceso, oportuno y de calidad, para todos sus habitantes. En este sentido, los estándares técnicos y la práctica internacional de los Derechos Humanos incorporan una dimensión olvidada, cual es los principios de justicia y no discriminación como pilares de la bioética. Éstos buscan asegurar que todas las personas tengan igual acceso a atención en salud en forma oportuna y de calidad.

No tenemos información de si en Temuco había otros pacientes en la misma condición (o incluso peor) que la persona trasladada, y que podrían haberse beneficiado de ser atendidos en centros de salud de la capital, con mejores condiciones técnicas que las que tenían en esa ciudad. Pero sí es necesario recalcar que el principio de justicia exige al personal y autoridades médicas tratar a cada uno como corresponda conforme a sus necesidades, a fin de disminuir las situaciones de desigualdad, en este caso económica. Para la gran mayoría de las familias usuarias del sistema público, no existe siquiera la posibilidad de discutir que una persona enferma sea tratada en otro recinto con mejores condiciones. Así, la distribución de recursos escasos, cuando los criterios y su razonabilidad no son conocidos, convertiría esta actuación en discriminatoria.

Este caso debe alertarnos, sobre todo porque no es aislado: también en Temuco, un equipo médico elaboró criterios para determinar quien recibiría prioridad para atención crítica, y excluyeron de manera general y automática a personas viviendo con VIH, a personas con cáncer y otras enfermedades “no tratables”. Si bien la circular fue rápidamente dejada sin efecto ante las críticas, el hecho evidencia cómo bajo situaciones límites surgen decisiones de funcionarios públicos basadas en criterios discriminatorios o con visos de discriminación. Es de suponer que la motivación del Contralor para oficiar a la Fuerza Aérea es asegurar que los servicios de salud se entreguen sin discriminación a todos los habitantes del territorio que lo necesiten, ya que cualquier gasto que financie una medida discriminatoria es ilegal y arbitrario.

Lidia Casas Becerra

Directora del Centro de DDHH – Universidad Diego Portales

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Entrevista publicada originalmente en El Mostrador el 10 de Abril 2020

Una de las consecuencias que ha dejado el avance del Covid-19 a nivel mundial, es el aumento de la violencia contra las mujeres, disparando las cifras de denuncias y llamados a los fonos de ayuda que han ofrecido los gobiernos para ayudar a las víctimas que en medio de la cuarentena se ven obligadas a pasar tiempo con su agresor. Sobre este fenómeno y más conversó con El Mostrador, la abogada, directora del Centro de Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales y experta en género, Lidia Casas.

El Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género reveló que las llamadas al fono de ayuda 1455, disponible las 24 horas del día para las mujeres que lo necesiten puedan recibir la asesoría necesaria en estos casos, aumentaron en un 70%. Frente a este escenario Casas señaló que “las mujeres, en tanto grupo, también requieren un foco de interés porque el confinamiento con sus agresores aumenta considerablemente el riesgo. El Estado no se ha paralizado, han cambiado los focos, y las aproximaciones a los problemas. Aquí los actores del sistema de justicia, incluyendo las policías estén más conscientes de la situación de riesgo de las mujeres, que el Ministerio Público solicite medidas cautelares de alejamiento o modifique aquellas medidas de protección de las cuales dispone autónomamente en aquellos casos denunciado”.

Agregando que en el contexto actual, el Ministerio Público no puede hacer solo todo el trabajo de protección, es por eso que se requerirá un especial esfuerzo del Ejecutivo.

“Existen los centros de violencia contra la mujer, y habrá que asegurar que mantengan sus líneas telefónicas abiertas. Esos centros son alertados de las situaciones que están viviendo, por lo cual están en condiciones de accionar los dispositivos locales para protección a las mujeres. Las visitas e intervención a domicilio de la policía son importantes, pues da una señal de que las mujeres no están solas. Algo similar puede hacer con los dispositivos de seguridad que existen en algunos municipios”, afirmó.

La abogada, señala que las casas de acogida históricamente han sido una salida para las mujeres en situaciones críticas y que en general están siempre con escasos cupos. “La mayor dificultad es si los jueces ordenan la salida del hogar común, o bien el Ministerio Público disponga de mayor presupuesto o el Ejecutivo disponga la utilización de hospedaje en instalaciones que hoy no tienen uso como hoteles. Esto se ha hecho en Canadá donde las casas de acogida ya colapsaron”.

La experta en género también se refirió al primer caso del interno en la cárcel de Puente Alto que dio positivo para coronavirus y “se le mantuvo en prisión y no fue enviado a su domicilio porque el cumplimiento alternativo tenía otros riesgos ya que volvería al lugar donde vivía con o en proximidad con su víctima, padre octogenario, a quien había agredido más de una vez pese a la medida cautelar impuesta. Así lo correcto es compatibilizar evitar el contagio al resto de la población penal manteniendo al interno aislado en el hospital del penal o bien ordenar su traslado a un centro u hospedaje sanitario”.

“Esa alerta también significa que los y las fiscales cuando solicitan las tradicionales medidas de protección dejen de hacerlo mecánicamente que no consideran el contexto, solicitando plazos claros para la salida del hogar común como es la "prohibición de acercamiento". De solicitar, tener claro de cómo se implementará dado este nuevo contexto. Si los imputados no tendrán que ir a firmar mensualmente, la labor para otros colaboradores será relevante. El rol de las policías para asegurar el cumplimiento de las medidas de alejamiento con visitas regulares a los domicilios”, añadió.

¿Qué medidas se podrían tomar para proteger a las víctimas en estas circunstancias y ampliar su red de apoyo?

Existen actualmente redes comunitarias entre vecinos cuando suceden asaltos o robos en la comunidad. Aquí cobra relevancia las autoridades para que pensemos en estas redes haciendo un llamado público a que mujeres los utilicen o bien que los vecinos intervengan. Si el mensaje es "nos cuidamos todos de la pandemia", eso significa comprometerse también con el entorno en este contexto y requiere explicitar que la seguridad de las personas va más allá del portonazo a mi vecino, es comprometer al vecindario al resto de la comunidad para intervenir, por ejemplo, llamando a la policía y que las víctimas no se sientan solas. La seguridad pública, pues las mujeres son agredidas en los espacios privados. Significa adoptar una narrativa distinta. Es la subsecretaría Martorell, la Ministra de la Mujer y el Ministerio Público que deben hacer esos llamados con mucha claridad.
En cuanto al ámbito legislativo y la propuesta de algunos alcaldes del país de imponer una ley seca durante la cuarentena, ya que el alcohol podría aumentar las agresiones contra las mujeres, la abogada señaló que “lamentablemente, el alcohol está presente, puede ser un factor de riesgo, pero no todos los que maltratan y golpean son consumidores excesivos de alcohol. La ley seca podría ayudar, pero no se ha reportado como una medida que yo conozca adoptada en otros países. En situaciones de catástrofes estas medidas se han ordenado, y como señala la Diputada Ossandón no bastará con las botillerías, pues los supermercados pueden abastecer de alcohol a la comunidad”.

Para Casas todas las formas de violencia han estado presente, algunas muy silenciadas como es la violencia sexual. “Los efectos de la violencia económica es posible que se agudizarán con la crisis económica que ya experimentamos, pues al menor empleo, habrá más mujeres con dependencia económica o también que ante el temor de la pérdida de sustento las mujeres no mantengan las denuncias que han formulado en contra de sus agresores, algo que aparece claramente en los estudios que hemos realizado”.

El período de cuarentena agudiza los problemas de convivencia, “se agudizan las tensiones domésticas, el trabajo doméstico y el cuidado de niños o personas mayores o enfermas. Hay un estrés de base para toda la población, la pérdida de empleo, la incertidumbre, pero se van adicionando otros factores que hacen que van agudizando las tensiones familiares cuando las mujeres no pueden "renunciar" a dejar de hacer ciertas cosas como es toda la carga del trabajo doméstico, y mantener el teletrabajo. Algunos varones esperan ser servidos, y las solicitudes de una distribución equitativa del trabajo doméstico no son bien recibidas. Todo esto además se agudiza con hombres violentos en que el estrés adicional rebalsa al ámbito de sus relaciones familiares”.

Sobre la situación mundial, ONU Mujeres dijo que la violencia de género es una pandemia silenciosa, sobre esto Casas manifestó que se debe a los números de las muertes de mujeres cada año no hace que los estados tomen conciencia de lo que sucede a nivel global.

“Se estima que 243 millones de mujeres y niñas entre 15 y 49 años han experimentado violencia de sus parejas en los últimos 12 meses. Pero los números de las lesionadas, mutiladas, y las asesinadas no son un llamado de atención a las autoridades de salud de huellas indelebles que dejan la violencia y sus costos. De hecho, las partidas presupuestarias son pobres para la magnitud del problema y los costos también para las futuras generaciones, ONU Mujeres y otras agencias buscan empujar a los Estados, dialogando con ellos, incentivando a las buenas prácticas, y buscando en ocasiones respuestas a través de la sociedad civil que cumple un rol importantísimo”, finalizó.

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Columna originalmente publicada el 07 de Abril 2020 en El Mostrador 

Ciertamente, el Coronavirus no hace distinción entre ricos y pobres: contagia por igual. Y también es verdad que, en esta oportunidad, las comunas del sector oriente de la capital, con mayor nivel de ingresos, registran más contagios, probablemente por el privilegio de los más ricos de poder viajar a Europa o Asia en las vacaciones o por negocios. Aunque esto podría deberse, además, a una menor detección de casos en comunas como Estación Central, donde las personas no van al médico a menos que estén muy mal.

Sin embargo, mientras el virus trata y tratará a todos y todas por igual, nuestro sistema de salud no lo hace. Sin medidas decididas por parte de la autoridad, la preocupante escasez de insumos que se vislumbra (ver El Mostrador del 3 de abril), golpeará con más fuerza a los sectores más vulnerables, perpetuando la discriminación estructural que caracteriza el sector salud en Chile y que ha sido diagnosticada reiteradamente en instancias como el Informe Anual sobre Derechos Humanos de la UDP. En pocas palabras, mientras no se centralice la respuesta sanitaria con criterios transversales a nivel nacional, la prevención y el cuidado serán mejor en las comunas ricas que en las pobres.

La declaración del estado de catástrofe entrega a las autoridades facultades para regular nuestros dos sistemas de salud – el privado y el público –, de tal forma que ante la crisis respondan como uno solo. Ya se han tomado médicas rápidas, como el ingreso de bonificación del test a la canasta básica de FONASA (indispensable para tener la cobertura de las Isapre) o la distribución central de las camas de cuidado intensivo (respiración mecánica), cuya implementación debe ser fiscalizada. Pero las autoridades deben hacerse cargo también de otros problemas graves, entre ellos la falta de abastecimiento de insumos básicos de higiene, la persistente mentalidad de que cada centro y hospital “se la arregle solo”, y la protección de los y las trabajadores de la salud.

Ante estas urgencias, es preocupante que el ministro de Salud, Jaime Mañalich, señale que los municipios pueden hacer mucho más contratando una mayor cantidad de profesionales y personal sanitario: ¿con qué dinero, si los presupuestos del sector se cubren a partir de un per cápita que se calcula por comuna? La atención y la presión sobre el servicio salud primaria en comunas con más ingresos ciertamente no es la misma que en sectores populares.

La discriminación estructural en el sistema de salud de Chile quedará de manifiesto si la salud pública se ve obligada a dar prioridad a pacientes de COVID-19, desatendiendo otros casos urgentes o graves. El efecto sería una discriminación indirecta, prohibida por el derecho internacional: sólo quien tiene los recursos para atenderse en el sistema privado podría acceder a exámenes o tratamiento de enfermedades como el cáncer. El triage de gravedad se debe realizar sobre todos los casos que se presentan, no sólo los relacionados al Coronavirus. La transparencia requiere que las autoridades informen sobre la cantidad de casos urgentes que no se pudieron atender, por ejemplo, por no disponer de salas o equipos de operación, y cuáles son los criterios con que se rechaza el diagnóstico o tratamiento de un caso no-COVID-19.

En las próximas semanas, Chile tendrá que adoptar, adicionalmente, un protocolo sobre los criterios más concretos que apliquen para tratar a pacientes de COVID-19 y cómo priorizarlos en relación con otros casos de riesgo vital como los descritos en el párrafo anterior. Criterios distintos a los estrictamente médicos (probabilidades de supervivencia y eficacia del tratamiento, por ejemplo) contravendrían la prohibición de discriminar en las garantías de salud. Una exclusión ex ante (general y automática) de ciertos grupos de personas del acceso a respiración mecánica, por ejemplo, sería contraria a esta prohibición.La crisis es una oportunidad.

Dado que es nos amenaza a todos y todas, podría ayudarnos a aprender, finalmente, a abordar la discriminación estructural que impide que gocemos de acceso igualitario a salud de la misma calidad, tanto quienes habitan en Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea como mis vecinos y vecinas de Estación Central. Cualquier exclusión o dificultad de acceso hacia las personas y grupos menos favorecidos en Chile (de tez más oscura, origen social menos prestigioso o –la de mayor incidencia en el país– un bolsillo más flaco) contravendría las obligaciones que el Estado ha contraído internacionalmente.

Cierto, no todo será posible. Los recursos son limitados y eso se muestra incluso en países con los mejores y equitativos sistemas de salud del mundo. Habrá quienes morirán. Pero las obligaciones internacionales – y la dignidad de las personas – nos obligan a distribuir la escasez de manera justa, transparente y preocupándonos por todas las patologías con posible riesgo vital, no solamente COVID-19. Permitir que sea el mercado el que haga esa distribución o no crear mecanismos adicionales de solidaridad entre comunas ricas y comunas pobres sería una negligencia grave.

Publicado en Blog-Opinion

Estimadas y estimados,

Esperamos que se encuentren a salvo y con buena salud en estos tiempos convulsionados para buena parte de las sociedades nacionales, y en las cuales a todas y todos nos preocupa el bienestar de nuestros seres queridos. Es importante que no se permita que estas crisis den paso a retrocesos aún mayores en materia de la protección de los derechos de las y los trabajadores, y de las personas más vulnerables, y que tampoco sean instrumentalizadas para introducir medidas represivas de control social, que poco o nada tienen que ver, con la promoción o resguardo la salud pública.

Con todo, los desafíos existentes en materia de verdad, justicia y reparación no se detienen, y el de garantías de no repetición se torna cada vez más relevante. Es por ello que dentro de esta coyuntura, y consciente además del aniversario del horroroso y cobarde asesinato de Santiago Nattino, José Manuel Parada y Manuel Guerrero, nos atrevemos a seguirles informando a través de nuestros boletines. Esta vez, como se ha tornado habitual en marzo, enviamos una doble edición, que corresponde al cierre del 2019 e inicios del 2020.

Deseando lo mejor para todas y todos Uds, sus familias, y comunidades

Cath Collins y Boris Hau

De parte del equipo del Observatorio de Justicia Transicional

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